El trato con personas "complicadas" es una de las habilidades más incómodas, pero que aportan más valor y mejor posicionamiento social. No siempre las personas agresivas son las más fastidiosas. Un colaborador timorato y con falta de autoestima a veces puede resultar más insoportable que un supervisor intolerante. 

Hay personas que se engañan a sí mismas con la manida frase de "a mí no me importa lo que digan los demás", pero lo cierto es que hay que estar al tanto no solamente de lo que digan, sino también de lo que necesitan conseguir, y ello por dos razones: una, porque si no se tiene información, la capacidad de influir y ayudar queda limitada, y dos, porque afecta directamente a nuestra credibilidad. 

Un error  no tiene por qué ser decepcionante. A veces nos centrarnos en la culpa cuando lo lógico sería analizar las causas que nos llevaron a cometer ese error. La culpabilidad no es útil para nada. La buena noticia es que los errores son grandes maestros siempre que se cumplan tres condiciones:

1) Que se reconozca que se han cometido; 2) Que se analicen las causas que los generaron y 3) ¡que no se repitan! 

Un antiguo proverbio medieval afirmaba que "nadie puede saber quién realmente es por mucho que se mire en un espejo". El criterio que se pueda tener acerca de la propia personalidad suele percibirse de forma sesgada, tanto cuando nos creemos personas extraordinarias como cuando sucede todo lo contrario. Verse como realmente "se es" abre las puertas al logro de "ser como se desea ser".